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Fecha de registro: 5 ago 2021
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Manifiesto contra el dulce placer prohibido

Introducción (casaca 1)


Nací niña un día martes de marzo allá por los 70´s, heterosexual por la iglesia, la escuela y la familia. Me dediqué a suplir el vacío de niño en mi casa y siempre fui una karateka testosterínicamente masculina hasta los 16. Por esos días, recuerdo que había superado lo de "machorra" y la falta de atención sexual por parte de los hombres, ya que toda la munda quería que tuviera novio... no había valiente. Siempre me sentí uno más y sentí obligación suprema por proteger a mis amigas de tanto idiota que brotaba sin esfuerzo. No fui parte de las conversaciones sobre la "regla", ni de los sostenes, porque no había forma que yo menstruara y mucho menos que tuviera senos. Planita era...era. De repente, algo explotó en mí. Dos grandes pechos se me salieron por delante y por detrás, perdí la noción de los espacios, siempre torpe de nalga.


Aún estoy en terapia, pero creo que como no me abrazaron de chiquita, quería la aprobación de Raymundo y todo el mundo. Para ello, debía ser "mujercita" y eso implicaba unas piernas cerradas, un porte de dama y un aire de inalcansable. Huí de casa casándome a los 19, con un hombre 14 años mayor que yo que me dijo literalmente: "eres libre". Con esa libertad decidí estudiar, ser madre y explorar mi sexualidad. A estas alturas me sentía ambivalente, felizmente masculina, felizmente femenina, dejando de satanizarlas a ambas. Esa idea de niña, del Barón Asler/Ashura, de Mazinger Z, era posible en mí: podía ser los dos.


Con el tiempo decidí mal, me fui por un camino con un Cíclope y me rompió de muchas formas, yo se lo permití. Para eso fui enseñada. Cual fuera mi sorpresa, que haciendo el recuento de los daños, fueron siempe las mujeres, mujeres lesbianas, todas amigas, todas siempre conmigo, las que me acompañaron y como dicen acá por mi tierra "me hicieron ovarios". De ahí que me enamoro de la fuerza de muchas, mujeres valientes. Decidí entonces "transitar" de forma más fluida, según me sintiera. Para todo esto, había escuchado, observado, leído, cuestionado, manifestado, reafirmado, como un ciclo constante acerca de mi sexualidad, sin obligarme a autoaplicarme una etiqueta.


Ni de aqui, ni de allá, todo lo negado y reprimido ha simplemente caramelizado cada uno de mis días. Lenchísima, tortillera, marimacha... esa soy yo.


Niña, niño, querubín y/o demonio, escoge.


Hoy de 44 años, aún en terapia, reafirmo que no necesito la aceptación de nadie, que soy libre en mis decisiones que incluyen mis sentimientos y mi cuerpo (pareciera no necesario, pero en esta sociedad, hacer un manifiesto, requiere ciertas especificaciones: la cuerpa es mía y su placer lo decido yo, coño!), que amar es más que una licencia poética, es una constancia de transgresión hacia lo heteronormado... y que los dulces que ves en la foto, con gusto te los doy yo.

Vanessa Ramos